Capítulo LII. Los especialistas

Todo lo que sigue resulta menos interesante: se trata de volver a lo conocido. Lo que importa es cómo me convertí en el dueño del Ganímedes, y eso es bastante sencillo. También derrotamos al Cara, pero fue tan fácil que no sé si vale la pena explicarlo. Un día, se nos apareció hecho un bólido, pero no se le ocurrió impedir que Marcela haga la vertical. Marcela usaba ese día una pollera suelta, así que se quedó con la bombacha a la vista; suerte que ese día usó bombacha. El Cara se puso mansito, y ahora lo tenemos colgado cabeza abajo en el sótano. Parece contento, cada tanto lo vistio para conversar un rato con él, por los viejos tiempos. Sé perfectamente que tiene un agujerito adentro, pero tengo agujeritos de sobra y me da pena convertirlo en un montón de ropa vieja.

Los primeros días en el Ganímedes fueron duros. El dueño me desilusionó como persona, porque le pedí un lugar para vivir y al principio me dijo que no. Es tan injusto todo: a Marcela la examinó un rato largo y la siguió examinando mientras pudo, pero creo que nunca llegó a reconocerla, y aún así le ofreció en seguida un lugar. Es cierto que al lado de las chicas que había en el Ganímedes Marcela era un salto de calidad, pero no dejaba de ser una desconocida para él. A mí, que me decía todo el tiempo «Marquitos, ¿cómo estás tan joven?», me negó una pieza, una cama y un trabajo: mi pieza la había convertido en un depósito, la cama seguro que la vendió, y mi trabajo lo tenía otro: gratis no quería darme nada, me obligó a pagarle, y le pagué con lo más valioso.

Esa misma noche, para que dejara de decirme «andate a una pensión», le mostré los agujeritos.

Tengo algo —le dije, y le mostré el paquete de matambre.

Creo que pensó que tenía droga: me parece que andaba en la droga. Fuimos a mi pieza, y entre cajas de fernet, toallas y bidones de lavandina abrí con cuidado el paquetito, mientras le miraba la cara con atención. Lo miraba para ver su reacción, pero sobre todo para no mirar el contenido del paquete. La distracción no me alcanzó para ver los agujeritos, pero sí para saber que estaban: ventajas de la densidad. Conduje la mano del dueño al paquete —lo más difícil fue convencerlo de que no me había vuelto p… y que no le agarraba la manito por romanticismo — y en seguida embocó. Yo sabía lo que sentía, pero verlo de afuera era igual todo un espectáculo. Al único que había visto en esa situación fue al Ruso, que era un maestro del autocontro y era barbudo y así le fue.

No vale la pena extenderse mucho en cuestiones que cualquiera puede imaginar. La pimera vez lo dejé un ratito («los excesos son malos», le dije) y conseguí un catre y comida. A la semana, tenía que sacarlo a patadas. La idea de hacerlo firmar unos papeles fue de Marcela: suerte que el Dr. Yáñez sigue siendo cliente y ha perdido el pelo pero no las mañas. La idea de poner los agujeritos en las chicas fue del dueño, una de las últimas ideas que pudo expresar. Se había vuelto un experto: descubrimos que los agujeritos pueden estar en otro agujerito sin desplegar al que los lleva. El que sí se desplegó fue el dueño. Una vez que todos los papeles estuvieron legalizados como corresponde, lo dejamos a su gusto, y ahora lo tengo doblado como una frazada adentro de una bolsa. Calculo que está vivo, pero con él no me dan ganas de conversar.

Con Marcela tampoco converso mucho. Ni siquiera del viaje a Ganímedes. Una vez me dijo que tiene la esperanza de llegar a no saber si lo soñ: me parece que le gusta pensar que fue rica toda la vida, porque habla de retirarse, mudarse a otra ciudad, esas cosas. Empezar de nuevo, pero con plata. Es una pena, es la única con la que puedo intercambiar mis opiniones sobre todo el asunto. Sobre las babosas, por ejemplo. Me caían bien las babosas, al final. Por algunos datos que le saqué al Cara, tengo la teoría de que eran los habitantes originales de Ganímedes: ellas hicieron el termo, y ellas empezar a traer de la Tierra lo que consideraron que eran los especialistas terrestres en Ganímedes, como el Ruso, las maestras jardineras o yo mismo, hasta que descubrieron los agujeros fractales. O capaz que fue después, como una especie de pedido de auxilio desesperado: el tiempo se complicó mucho como para saber.

A veces pienso si no será peligroso para nuestro planeta haberme traído los agujeritos, pero hasta ahora no pasó nada, ni parece que haya pasado o vaya a pasar, y el tiempo en general fluye desde el pasado hacia el futuro sin mayores interrupciones. Como sea, cuando me doy cuenta de que me puse a teorizar un exceso, me concentro en los problemás concretos del Ganímedes.

El Ganímedes es un éxito. La clientela se fue haciendo más selecta y exclusiva, y como los turnos son de cinco minutos, la rotación es perfecta y los clientes ni ensucian. Las chicas están felices, o eso parece, y no envejecen. Marcela les insiste con que no se toquen, por las dudas, pero hasta ahora ninguna se desplegó. Contratamos un grandote para que saque a los clientes antes de que les haga mal, y yo volví a mi puesto detrás del mostrador. Preparo sandwiches y agregué tartas y café: no se vende mucho, pero me parece que es más elegante así. Marcela se viste caro y ostenta más, pero a mí me alcanza con estar donde estoy. Ya no cuento los años, pero es sobre todo porque perdí la cuenta. Hay gente que piensa que llevo una vida vacía o aburrida, pero es porque la gente no sabe que podría convertir a todos en babosas. Si es que no lo hice ya: es difícil saber.

FIN

 

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Capítulo LI. El pudor

Las mariposas pueden cazarse de dos maneras. O te movés en el tiempo, y ponés la mano en el lugar donde estuvo o va a estar la mariposa, o ponés todos los puntos del tiempo en un espacio cerrado: una red.

Mi primera idea fue sacarme la camisa, pero no me gusta sacarme la camisa en público. Es cierto que el público se limitaba a el que no es ruso que gemía y a la cabeza de Marcela que cada tanto se asomaba para apurarme, el nene y el Cara, pero el pudor es así. También es cierto que pensé que no podía ser tan fácil, así que busqué la solución difícil.

Clavé las uñas en el matambre. No es que sea muy cuidadoso, pero nunca las tuve tan largas: hemos estado varios meses en el Ganímedes, supongo. No se se sabe. Las uñas me había crecido, y pude marcar una raya nítida en la carne del Ruso. Después, empecé a arrancar una capa finita de material, del tamaño de la sabanita de una cuna. Al principio, me impresionó la idea de una bebé tapado con mi sabanita de carne, pero cuando pude sacar el pedazo entero comprobé que tenía en la mano una pieza del mismo material que usábamos para los sacos, y que le habían dado a Marcela para que usara como jabón y como toalla: el mismo material con que el Ruso armaba sus bananas y se las comía. El Ruso tendía a ser todo lo que había.

Me sacó del interés científico un grito de Marcela. Tenía razón: vi como el Cara cazaba un agujerito y miraba con determinación para mi lado. Me vino bien tener la cabeza llena de mis análisis del matambre, el grito de Marcela y la expresión vacía del Cara: curiosidad, respeto y miedo eran todo lo que había en mi mente, así que me bastó hacer un firulete con la sabanita de carne, como un torero, para cazar a todos los agujeritos que volaban de mi lado: distraído, los vi.

Cerré la sabanita como una bolsa, y la doble hasta convertirla en un paquete. Era como si estuviera vacía.

El que no es ruso dijo algo, y Marcela me miró.

Dice que lo llevemos —dijo la cabeza de Marcela.

No hay tiempo —contesté, y crucé la pared de baba.

Del otro lado, a Marcela se la veía casi completa, pero mantuvo la cabeza en Ganímedes. Al rato apareció de mi lado.

Dice que entonces lo matemos —dijo la Marcela completa.

Si no sacás la cabeza te la van a cortar —le informé.

La sacó. Marcela, la reina del Ganímedes, le hizo caso a Marquitos. Eso sí que es prodigioso. No sólo eso: me rogó, con ojitos de pena, que hiciera algo por el que no es ruso.

Volví a Ganímedes, me paré al lado del que no es ruso. Nos miramos, entendimos. Empecé a desenvolver mi paquete lleno de agujeritos, y a mitad de camino, me arrepentí. Lo hice por él, no sólo por guardármelos todos para mí. No sabía si quería ser otro Ruso, y no se me ocurría otra manera de matarlo. Matar gente es difícil, y el Cara en cualquier momento podía cerrarme el camino a la China, así que volví. De alguna manera se las iba a arreglar, todo el mundo se arregla.

Solucionado —le dije a Marcela, con un tono de seriedad que me salió bastante bien, porque no preguntó nada y me miró con cierto respeto. Así que me puse a mirar el paisaje chino.

Al principio me pareció que la China era bastante parecido a mi barrio. El mismo empedrado, el mismo aire venido a menos. Se lo comenté a Marcela. Quise hablar en voz baja, pero se ve que los acontecimientos me habían dejado un poco excitado, porque el chino me escuchó.

¿Viste que al final China es igual?

No se crea —me contestó el Chino, que por lo visto no necesitaba saber igual a qué me parecía China.

Marcela entendió en seguida, no porque sea tan rápida como cree ser, sino porque nunca estuvo confundida en ese asunto: cualquier sale rápido de un error cuando no entró.

¿Qué China? —me preguntó.

No estábamos en la China. Había unos chinos que habían puesto un supermercado en el barrio. Parece que ahora los chinos ponen supermercados.

Volvimos al Ganímedes: cuando uno no sabe qué hacer, vuelve a casa. Marcela dice que ni loca llamaría “casa” al Ganímedes, pero no le creo: bien que volvió. Para empezar, queríamos estar lejos de la pared de baba, pero también queríamos bañarnos, dormir, sentarnos en sillas de adulto y ver el mundo como es: por lo menos, como es en la Tierra.

Alguien había pintado el frente del Ganímedes. Un color mostaza que encima se había ensuciado y descascarado bastante. Se ve que dueño consiguió pintura barata. Entramos. Fue un alivio, por lo menos para mí, encontrar el paisaje de siempre. Había pocos clientes, y las chichas deambulaban o conversaban entre ellas. No reconocí a ninguna. Las chicas casi nunca no duran dieciocho años en el trabajo. Detrás del mostrador, un muchacho joven servía whisky y un tostado en una bandeja. Eso me dio un poco de bronca, pero lo que más me hizo enojar fue ver al dueño, muy sentado en un sillón conversando con un cliente y una de las chicas. Todos —la chica, el cliente, el dueño— parecían poca cosa, indignos de un establecimiento de jerarquía como el Ganímedes. Dicen que el ojo del amo engorda el ganado, pero me parece que lo que de verdad vale es tener un buen administrador.

El dueño, sobre todo, había envejecido. Nos miró entrar como si fuéramos nosotros los que no eramos dignos del local, aunque hay que decir que a Marcela la examinó con más atención: despeinada y vestida de maestra jardinera demente seguía siendo un poco reina, y el diseño siempre tuvo buen ojo para las reinas. Al que reconoció, de todas formas, fue a mí.

¿Marquitos? —me dijo. Y me miró como si me viera volver de la muerte.

 

Capítulo L. El viaje de los pobres

 

Cuando pensar en otra cosa, pensé en el dolor. Me pasé la vida esquivando el dolor. Ahora me cortaban las piernas y no sentía nada. ¿Y si el dolor no era para tanto? Toda mi vida se convertía en una equivocación.

Efectivamente, había una equivocación. Estiré los brazos para tocarme las piernas, o el lugar de las piernas cortadas y vi con terror, pero también con alivio, que me desaparecían las manos. La sensación de atravesar una pared de baba me resultó conocida, y ya se sabe que uno entiende las cosas cuando ya las conoce de antes. Entender, de todos modos, lleva tiempo: no había terminado de saber qué pasaba pero se ve que mi cuerpo sí, porque asomé la cabeza sin pararme a pensar que me la podían cortar y que vivir sin piernas ni manos puede ser desagradable, pero vivir sin cabeza es imposible.

Nadie me cortó la cabeza. De pronto descubrí que ya no estaba adentro del matambre, ya no veía al nene, ni al Cara, ni al Ruso desplegado: lo que podía ver era una calle de China. Un chino, parado en la puerta de un supermercado, me miraba, capaz que con sorpresa. Retrocedí, me paré. Marcela estaba más sorprendida que el chino; tan sorprendida estaba que se quedó dura y ni siquiera atinó a darme un abrazo de alegría para festejar que estaba entero y empezando a entender. La invité a decapitarse.

Del otro lado de la pared invisible de baba, el carisma del Cara no tenía efecto: ni Marcela estaba enamorada, ni yo lo veía como un entrañable compañero de la vida, pero le tuve que reconocer la eficacia. Le había pedido “sacanos de acá”, y nos sacó, y llenó la palabra “acá”, que por lo general no trae casi nada, con todo un satélite.

La llamé a Marcela. Del otro lado, el nene gesticulaba y movía la boca gritando algo que para nosotros era pura mímica. Más fantoche parecía el Cara, que daba saltos y manotazos como si estuviera matando polillas.

Marcela se acercó, se decapitó, entendió. No podías desaprovechar un pasaje a la Tierra. En el momento no pensamos, por suerte, que sin conocer el idioma, sin pasaportes ni plata, volver de la China podía ser tan difícil como volver de Ganímedes. Así que pasamos. Primero Marcela, cruzó todo el cuerpo hasta que solamente quedó su pie, que asomaba flotando en el aire. Cuando iba a pasar yo, me detuvieron dos pensamientos.

El primero, me lo metió en la cabeza la cabeza de Marcela, que volvió a Ganímedes. No necesitó decir nada, ni siquiera pasar una mano y señalar. Miró al que no es ruso y puso ojitos de pena. El que no es ruso había entendido también, y extendía el brazo libre como llamándonos. Él tenía ojitos de desesperación. Se ve que Marcela no quería perder prestigio de persona sensible, aunque no dejó de tener el cuerpo en la Tierra ni por un minuto.

Yo me ocupo —, le dije, serio y decidido. Se ve que me salió bien porque desapareció detrás de la baba.

No pensaba ocuparme, lo que pasa es que tenía el segundo pensamiento que me revoloteaba en la cabeza como las polillas invisibles que trataba de cazar el Cara.

Resulta que con tantas novedades, con la expectativa de volver a casa o por lo menos, de no terminar decapitado por el Cara, desplegado como el Ruso o pegado al matambre como el que no es ruso, me había olvidado completamente de mis queridos agujeritos. Por eso los vi: las singularidades fractales, como diría el que no es ruso si pudiera decir algo, qué gusto por ponerle nombre a las cosas, flotaban en el aire. Era difícil contarlas, para contar hay que prestar atención, pero había unas cuántas, menos de diez pájaros, digamos, y más de uno, aunque no sé si nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos. Todavía no estoy del todo seguro si el número es definido o no.

Embocarle a un agujerito quieto en el piso es difícil, cazarlo en el aire me pareció imposible: menospreció mi propio ingenio. No pensaba irme a China sin un agujero, por más que el Cara, implacable, cazaba los que revoloteaban de su lado y los ponía en fila, lo que no anunciaba nada muy saludable para mí. Él la tenía más fácil, porque podía estar un poco antes o un poco después en el tiempo, eso ayuda para cazar mariposas, pero yo tenía mi desesperación, y la desesperación es el viaje en el tiempo de los pobres.

 

Capítulo XLIX. Rodeada de nada

 

El nene gritaba, histérico. Tan calladito que parecía.

¡Yo te hice! —le dijo al Cara, que caminaba imperturbable hacia la zona de los agujeritos. —¡Nosotros somos los dueños! —gritaba cada tanto. En la Tierra, un nene no puede ser dueño de nada, tengo entendido. El doctor Yañez me explicó una vez el caso de un nene que heredó unas camionetas. “se las fuman antes de que aprenda a manejar”. Me pareció que al doctor Yañez no le preocupaba mucho si el nene ese manejaba o no, le voy a preguntar cuando lo vea.

De todos modos, ni el doctor Yañez ni yo sabíamos cómo eran las leyes en Ganímedes, y un poco me asusté. Me gusta cumplir con la ley. Al que la ley no le importaba ni poco ni mucho era al Cara de Cartón, que fue derechito a la constelación de agujeros: el no necesitaba distraerse para verlos, o vivía distraído. A la misma velocidad con que decapitaba ladrones a mano limpia, el Cara empezó a cosechar agujeros: los levantaba y los tiraba para arriba. En el aire, un agujero es menos que sí mismo : es nada rodeada de nada. Me pareció que todos nos volvíamos más elegantes.

Ahí fue que se me cansaron los brazos. El cansancio no es incompatible con la elegancia, casi lo contrario. Marcela me sostenía de las piernas, pero sin mis brazos no podía hacer nada y al final me dejé caer al piso. Calculé que podía descansar un rato y aguantar más después, y que el Cara no se iba a poner desobediente en seguida, o no calculé nada.

En cuanto dejé de estar cabeza abajo, el Cara cambió de actitud. Vi que el nene movía la boca como hablando pero sin decir nada, o eso creí, y el Cara se nos vino encima a velocidad infinita. Es decir: se nos apareció al lado. Marcela gritó. Yo también grité. Hasta el que no es ruso grito, o algo parecido. “Ahora nos corta la cabeza, pensé. El Cara nos miraba, a un metro de distancia, inexpresivo como siempre pero seguro que un poco extrañado: la misma cara que puso cuando perdió el diente y, después nos dimos cuenta, supo que las babosas eran su destino.

Le pasa algo —, dijo Marcela.

Ahí quise sorprender. Nunca quiero sorprender a nadie. ¿Quién quiere sorprender? Aunque esta vez me haya salido bien, no sé si fue una buena idea: me zambullí al piso como para hacer otra vez la vertical. No medí nada, ni a falta de un punto de apoyo, ni la falta de habilidad.

Me sostuve lo suficiente como para oler el triunfo, pero después seguí de largo y me caí encima del Cara. O eso creí: mis piernes iban para ese lado, pero Marcela dice que las vio desaparecer sin tocarlo. Lo único que sentí en el momento fue que mi caída se hacía más lenta: tardé un rato en quedar tirado en el piso, de espaldas. Ya sentado, tardé en entender. Uno siempre queda como desconcertado cuando da una vuelta carnero. Eso sí: cuando se me pasó el desconcierto, vino el terror. Estaba sentado, con las piernas extendidas, pero las piernas estaban cortadas a la altura del muslo. Limpitas, sin sangre: simplemente se interrumpían.

Grité como loco. No me dolía nada, salvo un poquito el c…, por la caída, pero no dejé de gritar hasta que entendí. No es que gritaba sin pensar, mis pensamientos se iban por su cuenta. Nunca fui un deportista, pero a nadie le gusta vivir sin piernas y encima, si volvía alguna vez al Ganímedes, iba a tener que cambiar la altura del mostrador para poder atender en silla de ruedas. Y estaban los escaloncitos de la entrada. Por eso grité hasta que me distraje y pude pensar en otra cosa

 

 

 

Capítulo XLVIII. Adentro y afuera, del derecho y del revés

El Cara de Cartón no había cambiado nada. Todo un mérito, si tenemos en cuenta que dese que lo habíamos conocido lo vimos morir y resucitar un par de veces. El que no es ruso había dicho que no, y seguro que tenía razón, pero su opinión era más complicada, y las opiniones complicadas son más difíciles de contar.

¡No se le acerquen! —, nos gritó el que no es ruso, haciendo un esfuerzo que, según opina Marcela todavía hoy, fue heroico.

¡Es un amigo! —, le informé, mientras trataba de evitar que mi amigo me ahorcara.

A Marcela me pareció notarle unas miradas de ternura hacia el Cara pero dudó: las chicas como ella se enamoran como cualquier otra pero a veces pueden mirar el asunto con distancia.

No es un amigo —, dijo el que no es ruso, y la voz se le fue apagando. —Tiene una singularidad adentro.

Tengo que reconocer que me gustaba estar con el Cara por amistad, pero también porque lo sabía dueño de un agujerito singular. Creo que no hay una contradicción entre amistad e interés. Me parece. Como era mi amigo, pensé, me iba a prestar el agujerito. El nene era más impredecible: tanto te los mostraba como te los escondía. Resultó al revés, y al revés del revés, así que no sé si tuve razón o no.

Bien agarrado del cuello, el Cara me llevó a donde estaba el nene alisando matambre ruso. Yo trataba de congraciarme.

Dale, campeón, dejame ver el agujerito.

Me hizo caso. Y es siempre así: si alguien te hace caso, es porque te quiere estafar. No me dio su agujerito —después entendimos que lo necesitaba para funcionar— pero me llevó agarrado del cuello hasta el tambor de matambre. Según entendí, me iba a incrustar de nuevo en mis veinte singularidades.

Gracias, hermano —, le dije, emocionado.

Bienvenido, bienvenido —, seguía el Cara. Esta versión no había venido con mucha facilidad de palabra o capaz que, como estaba recién nacido, no había tenido tiempo como para aprender a hablar como corresponde.

El nene se reía a carcajadas cada vez más espamentosas. Me pareció que estaba un poco histérico.

Al Cara no se lo puede sorprender. Eso lo sabíamos, y lo sabía mejor un ladrón decapitado allá lejos y hace tiempo. Pero sí se lo dejaba de querer, al rato. El amor se gasta. Marcela se le fue encima, o hizo el intento: no había llegado a moverse y ya estaba recibiendo un cachetazo que la dejó knock out. Ahí cometió un error el Cara. Porque cuando volvió a ocuparse de mí, yo estaba gateando, porque buscaba agujeritos. Imposible, ya sé, los agujeritos no se buscan. En lugar de agarrarme el cuello, el Cara me levantó cabeza abajo, sostenido de un tobillo.

La posición obliga”, me había dicho Marcela cuando me pegó la patada. No sé si es que la posición me obligó a pensar con más claridad, o la sangre en el cerebro hizo que las advertencias de Marcela y del que no es ruso se ordenaran en mi cabeza, o, también puede ser, con el desorden de tiempo que teníamos en Ganímedes, puede ser que me hayan explicado todo mal. El asunto es que entendí que si seguía entusiasmado con los agujeritos iba a terminar como el Ruso: desplegado. Entendí también que la única forma de evitar el entusiasmo era querer otra cosa. No me gustaría darle a Marcela más crédito del que merece, sobre todo porque después ella no me reconoce nada, pero ayudó bastante cuando me gritó.

¡Pensá en el Ganímedes!

Pensé. Dieciocho años que no habían sido tan malos. O sé, pero era mis dieciocho años.

¡Soltame! —, le dije al Cara. Lo dije por decir: el Cara me podía cortar la cabeza si quería, pero me hizo caso.

Ahí fue que seguí entendiendo. Cuando el Ruso y el que no es ruso tenían al Cara en el galpón, cabeza abajo, el Cara estaba tranquilito y obediente. Ahora el que estaba cabeza abajo era yo, pero se ve que era lo mismo. En el espacio no hay ni arriba ni abajo.

Hice la vertical. Me costó: no hacía la vertical desde el día que cumplí nueve años y en la escuela me c… a palos. Cabeza abajo no te podés defender. Me costó, y me tuvo que ayudar Marcela, que entendió en seguida. O no, para mí que entendió el que no es ruso y le dijo. Así, cabeza abajo, el Cara obedecía.

Sacanos de acá —, le dije.

Quise decir: “sacanos de adentro del Ruso”, y a lo sumo esperaba que nos devolviera al termo. Pero el Cara entendió “sacanos de Ganímedes”. Siempre fue un exagerado.

Capítulo XLVII. El nacimiento de una amistad

No es común que uno pueda ver nacer a un amigo. El nacimiento de la amistad también se escapa, porque uno puede saber cuándo conoció a una persona, pero no cuándo se convirtió en amigo. Más fácil es saber cuándo se termina la amistad: cuanto te empiezan a pedir. Dicen que el amor es parecido.

En Ganímedes, vi nacer a un amigo, y Marcela vio nacer un amor, y por suerte no duró. Estábamos tranquilos, dentro de los límites de tranquilidad posibles cuando uno está dentro del cuerpo de un ruso barbudo desplegado, y nos distrajo el nene.

Había sacado de uno de los pliegues del ruso un poco de ropa de hombre: un pantalón, una camisa, un saco. Los estiró en el piso, muy ordenado. De lejos, parecía un tipo sin cabeza aplastado por una topadora, como en los dibujitos. Nos pareció otra de las manualidades del nene, como alisar matambre: al final, todo lo que hacía era propio de un jardín de infantes, aunque deformado por las circunstancias y el material disponible.

Seguimos con Marcela analizando la situación: a medida que el recuerdo de mi orgía de agujeritos se me borraba del cuerpo, subía el resentimiento.

Si no te saco, te volvés como el Ruso —, me dijo.

¿Gordo?

No, desplegado.

Ella no sabía que yo sabía, así que me explicó que el Ruso había encontrado uno de esos agujeritos y se había sentado arriba por vaya uno a saber cuánto tiempo. Días, semanas, años: el que no es ruso ya no sabía. Los agujeritos te convierten en todo: el Ruso se desplegó y terminó envolviendo al que no es ruso, al termo y en algún momento iba a terminar envolviendo a todo el planeta.

Ganímedes no es un planeta —, la corregí, orgulloso.

Pegále —, dijo el que no es ruso.

Por las dudas, seguí la conversación.

¡Con razón no encontrábamos el termo! ¡Qué ruso p…!

¿Ves porqué te saqué de esos agujeros? Cuando se vio adentro del Ruso, el que no es ruso se tentó, y ahí lo tenés, unido y ya un poco desplegado. Va a ser parte de todo.

Es como ir al cielo después de morirse.

En parte fue una reflexión mía, pero la armé con algo que debo haber escuchado de algún cliente.

No sé —, dijo Marcela. —Nunca me morí.

Bienvenidos —, dijo el Cara de Cartón.

Suerte que lo vi justo, si no ni me entero. Así se dan las cosas, por casualidad. Un efecto de los agujeritos es ese: te hacen sentir que no hay casualidades.

Como la discusión se había puesto medio filosófica, me distraje. No dejé de hablar, porque Marcela se enoja fácil, pero puse parte de mi atención en el nene, que se había puesto interesante: había arrancado unas tiras de la parte lisa del matambre (“¡Pobre Ruso!”, pensé) y con eso le armó una cabeza al muñeco de ropa. El matambre alisado parecía cartón. Ya sé que ahí tendría que haber pensado “está haciendo un cara de cartón”, pero tenía algo más importante en que pensar, porque vi un agujerito: el nene le dibujo un círculo con el dedo alrededor.

Yo seguía hablando sobre el más allá con Marcela, pero me preparaba para tirarme encima del nene, cuando pasó la cosa más rara del mundo: el nene sacó un agujero fractal no sé qué de su lugar en el matambre. Se me disculpará que insista, porque me parece que no se entiende nada: la gente se confunde. Un agujero no es todo lo que hay alrededor: el agujero es lo que no hay, lo de alrededor es otra cosa. Si yo tengo una agujero en una pared, y saco el pedazo de pared, o me llevo la pared entera, como hacen cuando quieren llevarse un mural a un museo —eso se hace—, no saco el agujero, saco la pared, ladrillos, revoque, lo que sea. Sacar un agujero, en cambio, sería poder sacar lo que no es “alrededor del agujero”: sacar el centro puro y vacío.

El nene pudo: lo vi clarito. El agujero agujerecía en el aire, como una mariposa sin alas ni gusano, como una sonrisa sin boca. Me le fui encima. No me importaba nada. Si había que matar al nene, lo mataba. No llegué: puso al agujero entre las ropas y antes de poder agarrar al nene, el Cara de Cartón, resucitado, me agarró a mí.

Bienvenidos, bienvenidos —, dijo.

Al principio no me pareció sincero, porque me apretaba un poco el cuello, pero después me acordé de que era mi mejor amigo y me tranquilicé. 

Capítulo XLVI. ¿Dónde está el Ruso?

No es lo mismo haber conocido la plenitud que pasar la vida en la ignorancia. Eso es cierto. Pero la frase “quién me quita lo bailado” es una estupidez. Lo bailado te lo quitan en cuanto te cortan las piernas y te convierten el baile en recuerdo. ¿Para qué sirve el recuerdo de un baile? Los recuerdos son silenciosos y quietos: el antibaile. Es al revés, la gente siempre dice todo al revés. Por eso yo no bailo ni nada parecido y nunca me habían podido quitar nada, hasta que Marcela —como antes, el Ruso— me quitó todo. El bailarín paralítico.

No fue inmediato. La patada ni la sentí, los agujeritos te sacan el dolor, pero me empujó. Marcela patea fuerte. Tardé en reaccionar porque tardé en despegarme: primero se me salieron los dedos de los pies, que son más cortitos y encima son nueve, así que traté de aferrarme con los dedos de las manos. Error. A los agujeritos no les gusta la violencia. O sí, pero distraída: no les gusta la violencia con un fin. Una vez que uno los domó, les puede dar y dar, pero en cuanto uno se pone firme por alguna razón, como sostenerse, te rechazan. Eso pasó. El latido dejó de ser regular y sentí que me expulsaban. Peor: sentí que todo el matambre temblaba, y no fui yo solo, porque Marcela se cayó y el que no es ruso pegó un grito. El nene no. El nene miraba con sonrisita de satisfacción.

Así que me quedé sin agujeritos. El último contacto fue la lengua, una lamida de último momento que me alcanzó para quedarme como tonto, tirado sobre la piel alisada del matambre, hasta que el cuerpo me dejó de vibrar.

No salí enseguida a pegarle a Marcela. Lo primero que hice fue arrastrarme buscando agujeritos. Mala idea: buscar no sirve para nada. O los encontrás,o tenés que olvidarte; cuando no podés hacer ninguna de las dos cosas, lo único que te queda es ponerte violento.

Entonces sí me le fui encima a Marcela, con intención de darle una paliza que no pudiera olvidarse nunca. Todavía estaba en el suelo por efecto del terremoto en el matambre, pero igual se las arregló como para pegarme un cachetazo que sonó tan fuerte que hasta el que no es ruso dejó de lamentarse por un momento para dedicarme una expresión de burla o de admiración a Marcela, no sé. Hay que decir que Marcela tiene la mano pesada y una puntería admirable. Deben ser habilidades que adquirió en el oficio. La cuestión es que se salvó de la paliza, porque yo no soy rencoroso y entendí que la violencia no me iba a traer otra vez a los agujeritos, ni me iba a dar las respuestas que necesitaba.

¿Vos querés terminar como el Ruso?—, me preguntó, como toda explicación. Se me estaba pasando el efecto anéstésico y empezaba a dolerme el c…

¿Dónde está el Ruso?—, pregunté, bastante ansioso. El Ruso debía ser un experto en agujeritos y si no lo era, con el Ruso adentro del matambre tenía chances de robarle la sillita. Estaba dispuesto a buscar una salida y cruzar otra vez el desierto helado ye ntrar al termo, todo por la dichosa sillita, y su agujero fractal.

¿Dónde está el Ruso?—, insistí.

Acá—, dijo Marcela, y señaló el techo del salón. Miré para arriba. Ni la sombra del Ruso, que además hubiera tenido que estar colgado de un arnés. Miré de nuevo a Marcela. No había señalado el techo, el gesto había seguido: del techo a las paredes, hizo un círculo. Miré para los rincones. Estaban el que no es ruso, gimiendo en su pedazo de matambre personal, estaba el nene, alisando el piso con su sonrisita sobradora. Ni noticias del Ruso. Un gordo barbudo en calzoncillos no es tan fácil de esconder.

¿Dónde? ¡No lo veo!

Sí lo ves—, dijo Marcela. —Estamos adentro.

Ya sé que estamos adentro. No hay viento. ¿El ruso está afuera?

Busqué una ventana.

No, tarado. Estamos adentro del Ruso.

Adentro del Ruso”. Escuchar es más fácil que entender: por eso hay que hacer esfuerzos, mirarle la cara al que habla. Como no puede con su genio, Marcela se hacía la sabihonda, pero se le veía en los ojos el susto y el desconcierto.

Miré el salón. Parecía efectivamente hecho de carne. Soy fácil de convencer, sobre todo porque descubrí, con los años y la experiencia, que las cosas raras ocurren, y que una vez que ocurren da más o menos lo mismo. Estar adentro del Ruso o estar en una caverna extraterrestre revestida en goma no me cambiaba mucho la situación. Sí me quedaban muchas preguntas, pero eso es porque soy una persona curiosa e inteligente, aunque a veces disimulo para pasarla bien.

¿Estamos en el estómago?—, propuse como primera pregunta. —Entonces, debemos haber entrado por el c… ¡Había resultado muy p… el Ruso!

Esa pregunta me la contesté solo. No soy médico, pero cualquiera sabe que el estómago es un lugar asqueroso con líquido, restos de comida: el salón de matambre era un piso limpio.

¿Nos hicimos chiquitos?—, fue mi segunda pregunta. Hay una película con unos científicos achicados en una navecita. No es que me crea todo lo que pasa en las películas, pero sí creo que lo que parece en las películas se puede pensar, así que ayudan mucho.

Dice que no—, dijo Marcela.

¿Quién?

Lo señaló al que no es ruso, que confirmó con un gemido, o gimió porque si.

Dice que no somos chiquitos, que el Ruso se desplegó y se sigue desplegando. Y no estamos en el estómago, estamos en un pliegue.

Era difícil procesar tanta información, y en eso estaba, cuando volvió el Cara de Cartón.