Capítulo LII. Los especialistas

Todo lo que sigue resulta menos interesante: se trata de volver a lo conocido. Lo que importa es cómo me convertí en el dueño del Ganímedes, y eso es bastante sencillo. También derrotamos al Cara, pero fue tan fácil que no sé si vale la pena explicarlo. Un día, se nos apareció hecho un bólido, pero no se le ocurrió impedir que Marcela haga la vertical. Marcela usaba ese día una pollera suelta, así que se quedó con la bombacha a la vista; suerte que ese día usó bombacha. El Cara se puso mansito, y ahora lo tenemos colgado cabeza abajo en el sótano. Parece contento, cada tanto lo vistio para conversar un rato con él, por los viejos tiempos. Sé perfectamente que tiene un agujerito adentro, pero tengo agujeritos de sobra y me da pena convertirlo en un montón de ropa vieja.

Los primeros días en el Ganímedes fueron duros. El dueño me desilusionó como persona, porque le pedí un lugar para vivir y al principio me dijo que no. Es tan injusto todo: a Marcela la examinó un rato largo y la siguió examinando mientras pudo, pero creo que nunca llegó a reconocerla, y aún así le ofreció en seguida un lugar. Es cierto que al lado de las chicas que había en el Ganímedes Marcela era un salto de calidad, pero no dejaba de ser una desconocida para él. A mí, que me decía todo el tiempo «Marquitos, ¿cómo estás tan joven?», me negó una pieza, una cama y un trabajo: mi pieza la había convertido en un depósito, la cama seguro que la vendió, y mi trabajo lo tenía otro: gratis no quería darme nada, me obligó a pagarle, y le pagué con lo más valioso.

Esa misma noche, para que dejara de decirme «andate a una pensión», le mostré los agujeritos.

Tengo algo —le dije, y le mostré el paquete de matambre.

Creo que pensó que tenía droga: me parece que andaba en la droga. Fuimos a mi pieza, y entre cajas de fernet, toallas y bidones de lavandina abrí con cuidado el paquetito, mientras le miraba la cara con atención. Lo miraba para ver su reacción, pero sobre todo para no mirar el contenido del paquete. La distracción no me alcanzó para ver los agujeritos, pero sí para saber que estaban: ventajas de la densidad. Conduje la mano del dueño al paquete —lo más difícil fue convencerlo de que no me había vuelto p… y que no le agarraba la manito por romanticismo — y en seguida embocó. Yo sabía lo que sentía, pero verlo de afuera era igual todo un espectáculo. Al único que había visto en esa situación fue al Ruso, que era un maestro del autocontro y era barbudo y así le fue.

No vale la pena extenderse mucho en cuestiones que cualquiera puede imaginar. La pimera vez lo dejé un ratito («los excesos son malos», le dije) y conseguí un catre y comida. A la semana, tenía que sacarlo a patadas. La idea de hacerlo firmar unos papeles fue de Marcela: suerte que el Dr. Yáñez sigue siendo cliente y ha perdido el pelo pero no las mañas. La idea de poner los agujeritos en las chicas fue del dueño, una de las últimas ideas que pudo expresar. Se había vuelto un experto: descubrimos que los agujeritos pueden estar en otro agujerito sin desplegar al que los lleva. El que sí se desplegó fue el dueño. Una vez que todos los papeles estuvieron legalizados como corresponde, lo dejamos a su gusto, y ahora lo tengo doblado como una frazada adentro de una bolsa. Calculo que está vivo, pero con él no me dan ganas de conversar.

Con Marcela tampoco converso mucho. Ni siquiera del viaje a Ganímedes. Una vez me dijo que tiene la esperanza de llegar a no saber si lo soñ: me parece que le gusta pensar que fue rica toda la vida, porque habla de retirarse, mudarse a otra ciudad, esas cosas. Empezar de nuevo, pero con plata. Es una pena, es la única con la que puedo intercambiar mis opiniones sobre todo el asunto. Sobre las babosas, por ejemplo. Me caían bien las babosas, al final. Por algunos datos que le saqué al Cara, tengo la teoría de que eran los habitantes originales de Ganímedes: ellas hicieron el termo, y ellas empezar a traer de la Tierra lo que consideraron que eran los especialistas terrestres en Ganímedes, como el Ruso, las maestras jardineras o yo mismo, hasta que descubrieron los agujeros fractales. O capaz que fue después, como una especie de pedido de auxilio desesperado: el tiempo se complicó mucho como para saber.

A veces pienso si no será peligroso para nuestro planeta haberme traído los agujeritos, pero hasta ahora no pasó nada, ni parece que haya pasado o vaya a pasar, y el tiempo en general fluye desde el pasado hacia el futuro sin mayores interrupciones. Como sea, cuando me doy cuenta de que me puse a teorizar un exceso, me concentro en los problemás concretos del Ganímedes.

El Ganímedes es un éxito. La clientela se fue haciendo más selecta y exclusiva, y como los turnos son de cinco minutos, la rotación es perfecta y los clientes ni ensucian. Las chicas están felices, o eso parece, y no envejecen. Marcela les insiste con que no se toquen, por las dudas, pero hasta ahora ninguna se desplegó. Contratamos un grandote para que saque a los clientes antes de que les haga mal, y yo volví a mi puesto detrás del mostrador. Preparo sandwiches y agregué tartas y café: no se vende mucho, pero me parece que es más elegante así. Marcela se viste caro y ostenta más, pero a mí me alcanza con estar donde estoy. Ya no cuento los años, pero es sobre todo porque perdí la cuenta. Hay gente que piensa que llevo una vida vacía o aburrida, pero es porque la gente no sabe que podría convertir a todos en babosas. Si es que no lo hice ya: es difícil saber.

FIN

 

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